The Lost City of Batopilas

Un pueblo perdido en las Barrancas del Cobre.

La gente estaba seria y hasta con la boca abierta cuando vieron llegar el primer vehículo por las calles de Batopilas. La misma calle que fue cubierta muchos años atrás con barras de plata para que Clarita Barrón, caminara hacia la iglesia el día de su boda. Alguna vez el pueblo tuvo la mina de plata más rica del mundo, puntualmente cada dos semanas salían de Batopilas por el Camino Real las conductas con numerosas mulas cargadas con lingotes de plata, hasta el Banco Minero de Chihuahua, hasta que la empresa quebró, se dice que fue por la revolución mexicana. Fue entonces que Batopilas y su gente fueron borrados del mapa.

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Desde entonces, el pueblo sobrevivió sin comunicación hacia el exterior en el fondo del barranco, hasta que en 1983, el buldozer encontró a Batopilas como congelado en el tiempo.

Cuando apareció Skip McWilliams en 1987 a restaurar la Hacienda Bigler, mucha gente insistía en que era el nieto del Jefe Grande (Shepherd) que había llegado a reabrir las minas.

Skip es un enamorado del pueblo y admirador genuino de su gente, le encanta platicarnos sobre algunas de sus primeras impresiones de cuando llegó a vivir a Batopilas: una fue con Don Manuel Manjarrez, quien cuando lo conoció, estaba sentado detrás de un escritorio en la oficina Federal de Minas. A su pregunta de cuánto tiempo tenía a cargo de la oficina, le respondió que 63 años, abriendo religiosamente de lunes a viernes. Y cuando le preguntó a cuántas personas había atendido, le respondió que a ninguna, que nunca nadie había acudido a solicitar sus servicios.

Miguel es el dueño de la tienda más grande del pueblo, y desde que la revolución terminó con las producción de las minas, Batopilas había sobrevivido gracias al comercio con los ganaderos, los rancheros y los tarahumaras que bajan al pueblo a vender sus hierbas y sus cestos tejidos de palmilla. Miguel antiguamente tenía una balanza donde pesaba los trozos de plata que los gambusinos le traían para intercambiar por mercancía, hasta dinamita vendía. El sigue utilizando la misma caja registradora de los años de bonanza. En 1989 que llegó Skip a su tienda, todavía conservaba en los anaqueles superiores –solo acumulando polvo, algunos de los cuellos almidonados y las pomadas de la campana que habían sido artículos muy populares varias décadas atrás.

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La cárcel regional también había sido olvidada por el mundo exterior, los pocos prisioneros que tenia, eran llevados a cenar cada noche a la casa de Doña Mica, y en diciembre, las familias se turnaban para invitar a los presos para que no pasaran la Navidad solos.

Los niños jugaban con canicas entre el polvo de la calle y el caballo del Padre Gallegos hurgaba en las noches en los tambos de basura del orfanato.

De los contadores franceses y de los carpinteros alemanes quedaron los rasgos en algunos de sus descendientes de ojos azules y cabello rubio. Por su lejanía, el español que se habla en Batopilas es una mezcla única en el mundo.

La mansión estilo gótico del otro lado del rio fue respetuosamente cuidada por su velador, que esperaba a que regresara el Jefe Grande o al menos, alguien de su descendencia. El velador vivió en las ruinas hasta 1983. Mucha gente todavía guarda los billetes que imprimió la compañía minera. El libro diario estaba abierto en la misma página de cuando operaba la Gran Compañía Minera de Batopilas. El México de 100 años atrás con sus caballos, mulas y burros se mezclaba ya con un buen numero de camionetas tipo pickup.

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En años recientes, el Presidente de México fue a Batopilas a declararlo “Pueblo Mágico”, seguramente como reconocimiento a su pasada bonanza. Es muy conveniente aclarar que el edificio que alberga al Hotel Copper Canyon Riverside Lodge no es una adaptación, sino una restauración precisa que ilustra como vivían los principales habitantes de este rincón de México..

Miguel sigue abriendo su tienda de la esquina, los indígenas siguen llegando con sus cestos y hierbas y los guías que usted seguramente contratará, seguirán siendo arrieros, mineros o ganaderos cuando no haya visitantes.

Son gente orgullosa de su historia, bien vale la pena conocerlos y escucharles.

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Hoy en día, después de descender 1,500 metros en una espectacular carretera hasta el fondo de clima subtropical del barranco de Batopilas, usted encontrará del otro lado del rio, la ruina de la mansión gótica de adobe de Alexander Shepherd. Donde alguna vez hubo casinos y fiestas elegantes, y donde para no herir las susceptibilidades de nadie, durante las fiestas de guardar, se hacían tres bailes por separado, para que cada quien encontrara a su cada cual. Pero, la revolución llegó y trastocó todo. La mina y el pueblo estuvieron olvidados hasta 1983 en que hubo camino.

Don Manuel Alcaraz, the Richest man in Batopilas.
Don Manuel Alcaraz

“Don Manuel, es usted el hombre más rico de Batopilas?”

“Bueno, antes de que hubiera camino, yo tenía la concesión del correo y de la carga, mis mulas traían todo lo necesario al pueblo, iban y venían constantemente.”

“Tenía mucho?”

“Bueno, la gente usa el dinero para hacer diferentes cosas, y había mucha gente que necesitaba cosas en este pueblo, y pues uno hacía lo que tenía que hacer, pero eso ya no existe. Solamente queda la satisfacción de haber ayudado a la gente, así que de alguna manera sé me puede considerar como al hombre más rico de Batopilas.”

La verdadera magia de Batopilas no está en su arquitectura colonial, sino en su gente.